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El cielo dividido

Dr. Hugo Córdova Quero

Hugo Córdova Quero es director de educación en línea y profesor visitante visitante de teorías críticas y teologías queer en la escuela Starr King School, Graduate Theological Union. Ph.D. en Estudios Interdisciplinarios en Religión, Migración y Estudios Étnicos y Maestría en Teología Sistemática y Teorías Críticas (Feminista, Queer y Postcolonial), ambos de la Graduate Theological Union en Berkeley, California.

3 de August de 2020

«Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre».
Apocalipsis 3.8


Ser cristianx no significa ser un super héroes que todo lo pueden hacer. Creo que muchxs iglesias, instituciones y ministerios venden esta imagen sobre el discipulado cristiano. Pareciera ser que hay como una visión mágica de poder para dominar el universo por el solo hecho de que «Dios está de nuestro lado». Como ya he dicho anteriormente en otras reflexiones, el libro del Apocalipsis fue escrito en una época en que el cristianismo era perseguido por el imperio romano. Una de las opciones era abandonar la fe —lo que en la Biblia Cristiana se denomina «apostasía»— a fin de salvar la propia vida.

Para muchxs cristianxs, el hecho de que otrxs cristianxs hubieran (re)negado de su fe para salvar su vida —mientras que muchxs otrxs cristianxs la habían perdido al confesar su seguimiento de Jesús— era imperdonable. La comunidad que escribe el libro del Apocalipsis se regocija en las personas que —a pesar de llegar con «poca fuerza»—permanecían firmes en su decisión de confesar su fe en Jesús. La imagen de la puerta abierta implica el hecho de que la salvación de Dios está siempre presente y Dios acepta a todas las personas. Nadie puede ni tiene derecho a cercenar esa posibilidad o —en términos del Apocalipsis— de «cerrar la puerta». Sin embargo, muchas Iglesias Cristianas no han logrado comprender esto y han sistemáticamente cerrado la puerta para que distintas personas —a las cuales no encuentran «dignas de la salvación»— no entren.

Las personas han sigo discriminadas y se les ha negado la participación en muchas Iglesias Cristianas por no estar casadas legalmente, por estar divorciadas, por haber interrumpido voluntariamente un embarazo, por tener un color de piel distinto, por hablar otro idioma o por tener una identidad de género u orientación sexual diferente de la mayoría, entre otras. La lista es larga y esas Iglesias Cristianas se han convertido en un «club exclusivo» de pocas personas que pueden cumplir con los requisitos de membresía exclusiva.

En el mundo en que vivimos hay situaciones en que también debemos optar si confesamos nuestra fe o no. Sobre todo en la militancia LGBTI, el trauma de lo religioso ha forzado a miles de personas a dejar su fe a las puertas del activismo. Hemos obligado a personas a separar su vida entre su fe y su activismo, a sabiendas de que ambos sectores pueden condenarnos al ostracismo si «se enteran» de nuestra doble pertenencia.

Muchas veces es desgastante promover los derechos de las personas LGBTI a costa de sacrificar nuestro derecho a vivir una fe. Salir del closet confesional es más difícil en una organización LGBTIQ+ que salir del closet sexo-genérico en una institución religiosa. Esta es una situación que no podemos seguir permitiendo. Tradicionalmente, algunos sectores del activismo LGBTIQ+ han hecho esto y se han coartado las posibilidades de forjar proyectos comunes con personas de la diversidad sexo-genérica que profesan una religión. En nuestro afán de denunciar a quienes nos han herido o discriminado, hemos terminado nosotrxs también discriminando y creando armarios al forzar a personas a elegir entre su activismo LGBTIQ+ o su fe. Es verdad que muchas personas hemos sido lastimadas por otras personas religiosas que creían tener el derecho de negarnos la posibilidad de entrar por la puerta de salvación que Dios nos ha abierto.

Muchos de esos recuerdos son dolorosos incluso aunque los años hayan pasado. Sin embargo, ¿justifica esa situación violentar como represalia a otras personas LGBTIQ+ que viven una fe sin que ellas hayan participado de los daños que otrxs nos hicieron? Debemos considerar que cuando justificamos una violencia, estamos abriendo la puerta para justificar todas las violencias. Por otro lado, los discursos totalizantes —homogenizadores— responden a las mismas dinámicas de discriminación, independientemente de quienes los esgrimen. Por lo tanto, creo que es hora de ser activistas que no nos avergonzamos de nuestra fe cristiana. No podemos permitir que se nos fuerce a negar el nombre de nuestro Dios por más que la causa de los derechos LGBTI sea justa y nos incumba.

Es importante decirles a las personas del activismo LGBTI como a las personas religiosas conservadoras que como cristianxs LGBTI podemos ser ambas cosas sin conflictos. En verdad debemos rever nuestros objetivos. ¿Cuál es el propósito? Si nuestro propósito es «visibilizar» y «tolerar», eso es simplemente un mecanismo del poder. Si nuestro propósito es la «diversidad», vamos por buen camino porque las personas pueden tener un lugar, pero no es suficiente. Podemos «incluir» pero esto —si bien da voz a las personas— también puede ser una cuestión de poder. Solo si llegamos al plano del «respeto» y la «pertenencia», en el cual las personas no solo tienen voz sino que participan equitativamente de las decisiones, es cuando podemos hacer una diferencia. Esta es la diferencia entre una «pertenencia real» y una «participación simbólica». Esto significa, en realidad «no negar el nombre» (v. 8) de Dios porque esta Divinidad es amor (1 Jn 4.8) nunca quisiera menos que la pertenencia total de una persona a su familia. Al salir hoy a nuestras actividades, seamos valientes en reconocer que Dios camina con nosotrxs en nuestras vidas y en nuestro activismo. La puerta sigue abierta, ¡nadie puede cerrarnos el derecho de ser cristianxs LGBTIQ+, tampoco seamos nosotrxs quienes les cerramos la puerta a otras personas!


Maestro, qué duro es seguirte y no caer en la trampa de este mundo de hacer diferencia con las personas. Gracias por recordarnos que la puerta de salvación siempre está abierta porque tú lo garantizas y no nuestros prejuicios. Ayúdanos a ser personas y comunidades de respeto y pertenencia. En tu nombre lo pedimos y agradecemos. Amén.

Hugo Córdova Quero

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